Tenía la costumbre de aprovechar aquellos ratitos para ir repasando mentalmente sus principales tareas del día siguiente. Por supuesto, la posibilidad de que esta noche ocurriera algo diferente a lo habitual era tan peregrina que la idea se diluyó antes, incluso, de tomar forma, y su pensamiento, tan sumiso como ella, se puso inmediatamente a lo suyo. Empezó por la lista de la compra: necesitaba apaño para el cocido; una botella de tinto, del barato; yogures, desnatados para ellos y de sabores para la niña; unos filetes de ternera, la última vez salió algo dura, parecía suela de zapato; una lechuga iceberg; zanahorias de las grandes; unas nueces, miel todavía le quedaba; y unas sevillanas, de siempre le habían vuelto loca esas aceitunas, él prefería las negras pero «¡una mierda, compraré las sevillanas!», se reafirmó, en silencio.