lunes, 18 de noviembre de 2013

Funámbulos


En el alambre y sin red transcurrían ya sus vidas en una continua sucesión de días sin brillo con la precariedad como común denominador. Agotado el paro y gastados todos sus ahorros, estiraban un encogido subsidio de él, que sumado al exiguo ingreso que aportaba ella, maquillaban la extrema pobreza hasta hacerla aparentar pobreza a secas.

     Soledad, incapaz de seguir multiplicando panes y peces, hacía meses que se había abandonado a una lánguida apatía, a una dejadez que ya parecía perenne y que, ante la ausencia de motivos, ni sabía ni quería disimular. Se levantaba temprano para limpiar un par de portales y luego, los días que había suerte, echaba alguna hora en la casa de cualquiera que, por falta de tiempo o por desgana, desertaba de las tareas del hogar. De vuelta a su mundo: nada, se acurrucaba en un viejo sillón y vegetaba sin más. Sólo los juegos del bichito la devolvían a la vida, aunque el disfrute casi siempre era efímero y lo que en su cara se adivinaba como principio de sonrisa pronto se tornaba en sombría mueca atravesada por escurridizas lágrimas que huían de aquellos ojos tan oscuros como amargos. El niño la miraba, y aunque la tristeza aseguran no ser contagiosa, algo se le pegaba.

     Sebastián, como cada día, llevaba a Hugo al cole tras haber desayunado un vaso de leche y poco más. Como de costumbre, le alegraba el trayecto con historias y juegos que iba improvisando sobre la marcha y que hacían reír al crío ajeno a tanta estrechez. Hoy, la fantasía les permitía volar en un avión militar y con los brazos en cruz avanzaron esquivando todo tipo de peligros, y tras dar esquinazo a los malos malotes, llegaron al colegio sanos y salvos. «A las cinco vendré a recogerte en helicóptero», le dijo tras soltarle dos besos tan sonoros que tres madres giraron la cabeza instintivamente. «Qué suerte tiene Hugo», se quejó Gabriel mientras su mamá le anudaba, con doble lazada, sus Nike ya que al ser nuevas los cordones tienden a desatarse con facilidad.