jueves, 6 de marzo de 2014

Día de lluvia



                               
Cayó la noche amenazando desgracia y la muerte se asomó ácida y empapada. Salvador, un anciano acostumbrado a que la tristeza cabalgara férreamente unida a su piel, salió a la terraza cubierta del chalé para ver chaparrear por última vez. Se sentó, no sin dificultad, en un suelo salpicado de charcos que simulaban figuras grotescas y recostó su minúscula espalda contra la pared fría. Aguantó el arma ayudándose de los pies y de su mano izquierda, alzó los ojos hacia un cielo alerta y negrísimo y respiró profundo. Con serenidad, descansó la sobarba sobre la boca del cañón y no vaciló; la escopeta, tampoco. Unos minutos antes, una llamada suya a la Policía les puso al corriente de lo que allí encontrarían: el cuerpo sin vida de Matilde y el suyo.
     No tenía pinta de escampar y, en efecto, el diluvio no menguó. La tarde, fea, empezó con sorpresa para Arina, la joven rusa que atendía, rozando el mimo, a la señora desde que cinco años atrás le diagnosticaran el maldito alzheimer. Salvador le proponía que llamara a alguna amiga, que fuera al cine o a tomar algo; que, una vez Matilde descansara mudada y limpia, saliera a divertirse un poco. «Vete tranquila y vuelve tarde a dormir», le apremiaba con insistencia ante la incredulidad de ella. «Ve sin cuidado, pero coge paraguas», le volvió a insistir, esta vez con una sonrisa generosa que ayudó a disolver el gesto entre dubitativo y contrariado que se le había vuelto a la chica ante un ruego tan poco esperado.
     Aunque llevaba tiempo con las cartas guardadas, no había sido hasta esta mañana, con los primeros goterones avanzando el peligro que traía el día, cuando se había decidido a acercarse hasta Correos. Aquellas hojas preñadas de dolor no ocultaban reproches a unos hijos demasiado ocupados y siempre ausentes. En ellas, no solicitaba perdón, ni siquiera comprensión. Se conformaba con espantar el odio que pudiera aflorar hacia un padre viejo que rebasado por aquella enfermedad desbocada que había dejado a Matilde, primero sin recuerdos y más tarde sin fuerzas; que había encarcelado aquel cuerpecito de mujer en un cerebro reseco. Que vencido por aquella muerte en vida que lo torturaba hasta el punto de no soportar verla más en aquella habitación estéril, donde sólo entraba él, Arina y el sol, los días claros. Que en plenas facultades mentales, él, Salvador Buendía, en un acto de humana compasión, había tomado la determinación de escapar con ella de este mundo falible en busca de algo mejor.
     Amaneció el día apuntando agua y llovió a mares.