jueves, 13 de marzo de 2014

La engañada


                  
Se había acostumbrado a las tetas de Marcela: grandes tirando a enormes y blancas, blanquísimas. Y, aunque no olían a harina, a Anastasio lo transportaban a otro tiempo, al de su juventud, cuando con catorce o quince años trabajaba en el horno del pueblo.
     Entre Marcela y él se había establecido una relación casi conyugal. Llevaban compartiendo cama, con regularidad, más de dos años y, de no ser por el pago por adelantado, se diría que llevaban quince años de casados. La rutina sexual ya acumulaba polvo y la efervescencia inicial había dado paso a un desbravado juego erótico: sota, caballo y rey, que era mecánicamente representado por ella y tomado sin demasiado entusiasmo, ya, por él.  
     La atípica fidelidad de Anastasio por Marcela se estaba resquebrajando y parecía abocada a una ruptura definitiva. Los enormes y blanquísimos pechos, la imagen de aquellos dos panes bamboleándose delante de él, era el único reclamo que le incitaba, todavía, a continuar con la cita de los miércoles por la tarde.
     Ella, por su parte, recibía los encuentros con su pagador de igual forma que tomaba la comunión la mañana de los domingos: con movimientos automatizados y creyendo hacer lo correcto. Estaba tan segura de que su Tasio no la abandonaría nunca como de que cuando dejara este mundo iría directamente al cielo.
     Este miércoles, Anastasio, cumplía cuarenta y siete años y estaba decidido a darse un capricho. Había cogido el diario y, tras subrayar algo en la página de contactos, hizo unas llamadas. Hoy, Tasio, engañaría a Marcela con una tal Simone, una brasileña de veintidós años, recién llegada a la ciudad, de a cuarenta euros la media hora.