domingo, 15 de diciembre de 2013

Viaje para dos


               
No le estaba resultando nada fácil encontrar el momento adecuado para hablar con su mujer: Manuel, que llevaba varios días preparando cuidadosamente el discurso, pretendía convencer a Paz para que aceptara el viaje. Esta mañana, sin embargo, era distinto. Se había levantado con el ánimo dispuesto y con una extraña sensación seductora. Algo le bullía dentro y se dijo que no era cuestión de desaprovechar el viento cuando sopla a favor.
      Tras cuarenta y cinco años de matrimonio y otros cuatro de noviazgo, Manuel y Paz estaban viviendo su punto final como pareja. Un cáncer sin solución, asentado con virulencia en los ahumados pulmones de él, así lo dictaba. Ambos sabían que se esfumaba el tiempo, que no había posibilidad de atarlo, de retenerlo más allá de unas semanas; tal vez un mes. El plazo dado por los doctores expiraba y el adiós se vivía, ya, en tiempo presente.
      Manuel, tras un inicio titubeante, se afianzó, y fue capaz de ir encadenando palabras; y las palabras formaron frases; y las frases hablaban de vidas en común, de almas gemelas, de saltar barreras, de compartirlo todo, de no tener miedo a lo desconocido, del amor infinito, de viajar juntos, los dos, cogidos de la mano. Lo tenía todo planeado y podían partir mañana mismo. Dejó la contundencia de las palabras a la vez que tomaba las manos de su mujer entre las suyas. Las acarició con ternura y las besó como si besara a un recién nacido.
     «Manolo, me das miedo», fue lo único que dijo Paz.