domingo, 22 de diciembre de 2013

Punto final

             
«¡Vete a la mierda, con esas palabras se despidió de Carmen y con un atronador portazo abandonó el piso. Salió violento al rellano, y totalmente enajenado, se lanzó a bajar por la escalera.
     Tras un  domingo guerrero, el lunes, lejos de la firma del armisticio, desató nuevas hostilidades. Se recrudecieron las humillaciones y aumentó el bombardeo de insultos y los cañonazos de odio arrojadizo. Los contendientes se envalentonaron y llegaron al punto del todo vale. La locura hizo que cruzaran la delgada línea que nunca debe ser traspasada y no hubo prisioneros. En quince años de matrimonio no se había librado batalla igual.
     Ramón seguía bajando atropelladamente. Tropezando y no cayendo volaba sobre aquellos escalones de granito huyendo del infierno, perseguido por cien mil demonios.
     Ramón y Carmen se habían conocido de niños y se habían querido de adolescentes. Aquel amor precoz dio paso a una apremiante boda por lo civil forzada por un embarazo no planeado que dio su fruto en forma de niña. Todavía estaban en edad de tontear, de salir hasta las tantas y de probar lo prohibido; sin embargo, gastaban el dinero en biberones y pañales. A Ramón, los trabajitos de sueldo apretado no le duraban por lo que Carmen se veía obligada a lustrar casas ajenas, y entre lo que limpiaba y lo que le pagaban, sacaba para un sustento austero. En aquella casa desrengada, en aquel hogar sin alma ya, los problemas llegaban sin avisar, enraizaban, engordaban y abrían profundas grietas. Era imposible achicar tanta precariedad física y mental. El paso de los días se sucedía sin atisbo de sol y el hundimiento se antojaba innegociable.
     Ese lunes, Ramón salió a la calle igual que el Miura salta al ruedo. Paloma, que volvía del instituto, se topó con él. La ropa ensangrentada y el cuchillo en la mano de su padre no dejaban lugar a la duda.