lunes, 9 de diciembre de 2013

¡Pinocho!

                        
                              

Rodrigo y Gonzalo habían venido al mundo tras compartir útero. La gestación no había sido sencilla debido al precario estado de salud de la jovencísima madre; de hecho, la superación de una amenaza de aborto, complicada por una dantesca anemia de la embarazada, fue considerado como un milagro por parte del ginecólogo que la trató.
      Los primeros años de vida tampoco fueron fáciles. A una madre que se desgastaba a todo galope se unía un padre apesadumbrado al que le venía grande el angustioso día a día. José, al igual que su mujer, también era muy joven, muy inexperto en todo y poco dado a enfrentarse a los problemas, a luchar. Entre sollozos, miles de veces se había repetido que no estaba preparado para tanto sufrimiento.
     Con cinco años y unos días, los gemelos quedaron huérfanos. Amparo, totalmente consumida, envuelta en un velo espectral y acompañada día y noche por una tosecilla muy ligera, casi imperceptible ya, sucumbió a un destino escrito en negro mucho tiempo atrás. Un catorce de enero, con los primeros rayos de sol intentando derretir la escarcha parida por la noche fría, dejó escapar dos lágrimas y la vida. La foto de sus pequeños, algo arrugadita pero de una ternura casi hiriente sería su compañera de viaje. Ése fue su último deseo.
     Por aquello de que la vida continúa, José se propuso restañar la herida lo antes posible. Así, no pasó demasiado tiempo hasta que el viudo encontró consuelo bajo las faldas de Lucía, una compañera de trabajo que no dudó en abrirle sus piernas, no sin condiciones. Los gemelos no entraban en los planes de la nueva pareja, por lo que un sábado por la mañana, José los plantó en casa de los abuelitos con maletas incluidas. Se despidió de ellos con un: «Os llamaré todos los días y vendré a veros siempre que pueda». No le creció la nariz, pero mintió.