domingo, 12 de enero de 2014

Septiembre



             
Un caluroso día de principios de septiembre parió una noche estrellada y más bien fresca que no restó sudores a aquellos dos cuerpos desnudos que descansaban en el asiento trasero del coche de él. «No me canso de tí», se arrancó a decir Julia, rompiendo un silencio sordo que transcurría envuelto en espesos vapores que empañaban por completo los cristales del Ibiza. «Me gustaría que este verano no acabara nunca», continuó, sintiéndose completamente ridícula nada más acabar la cursi frasecita. Javier, que con su metro noventa desparramado trazaba un escorzo complicado, no abrió la boca; prefirió mantenerse callado aunque, para complacerla, alargó su mano y con la yema del pulgar dibujó un corazón en aquella ventanilla saturada de vaho, que Julia, enseguida interpretó como un maravilloso gesto de amor.
     El sonido de un motor arrancando y unas luces que echaron a andar alumbrándoles de izquierda a derecha rasgaron la quietud de la pareja que, hacía un rato ya, había recobrado el ritmo sosegado de sus latidos. El paso del coche aquel fue suficiente para sacudirles del letargo en el que se habían instalado. Él se medio incorporó con movimientos perezosos y ella se estiró hasta alcanzar el paquete de tabaco para encender un cigarrillo que consumirían a medias. Las caladas se alternaron, ahora sí, con las voces de ambos; con unos discursos ahogados que rivalizaban en belleza y dulzura pero no así en compromiso. Las palabras de ella eran hermosas y sentidas y sonaban tan sólidas que, de haberlo intentado, las habrían podido tocar antes de caer por su propio peso. Eran declaraciones, eso sí, tintadas de una tristeza que venía provocada por la pronta marcha de él y angustiadas por un tiempo por venir que aparecía difuminado en el horizonte del adiós del próximo martes. Las de él, sin embargo, eran palabras tan bonitas como enmascaradas, tan melosas como huecas. Eran afirmaciones tramposas que, jugando, ascendían despreocupadas hasta mezclarse con el humo del cigarro, creando con él una atmósfera turbia.
     Javi bajó la ventanilla y lanzó con fuerza la colilla y el condón y tras ellos salieron también disparadas sus promesas, que hechas ya jirones, habían estado revoloteando en el interior del coche que acababa de ser testigo de la última vez que se amaron Julia y Javier.