jueves, 6 de febrero de 2014

Esos ojos verdes



Pablo Montán y Pedro Guevara habían sido compañeros de clase desde el primer día y vecinos durante siglos. Uña y carne, entre ellos se desarrolló una especie de dependencia bilateral: donde iba Pablo, iba Pedro; lo que le gustaba a Montán, le gustaba a Guevara. Eran amigos íntimos, de los que se quieren de verdad; lo compartían todo. Con el paso del tiempo, sus vidas irían tomando distintos derroteros pero su amistad, bien cimentada, seguía inquebrantable.
      Pablo era de mediana estatura, delgado y muy moreno. Tenía un trato agradable, siempre con una sonrisa dibujada en la cara y dispuesto a charlar con el primero que se cruzara en su camino. Se le veía vivaracho y muy atrevido. Sin duda, era del tipo de persona que cae bien desde el primer momento. Pedro, bastante más reservado, tenía otras cualidades; su físico era la principal. Tenía un cuerpo muy cuidado y una cara angelical adornada con unos ojos de color verdemar, por los que habían suspirado muchas y alguno.
     El destino quiso que Pablo se casara con Lucía, una turbadora jerezana que había conocido meses atrás en un pub frecuentado por treintañeros con pasta. Todo iba bien, la vida le sonreía y era feliz. No le faltaba razón cuando a sí mismo se decía que tenía todo lo que un hombre de treinta y cinco años podía desear.
      El anuncio del embarazo de Lucía coincidió en el tiempo con lo que iba a ser una despedida abrupta e inesperada. Pedro, por motivos de trabajo, se trasladaba lejísimos, a más de seiscientos kilómetros, al fin del mundo. A Pablo la noticia le causó un dolor cáustico, una quemazón tan grande como si hubiese ingerido un largo trago de lejía, como si hubiera sido envenenado.
     Esta mañana, tras una larguísima temporada de silencio delator, Pablo se armó de valor para mandar un mail al que había sido su mejor amigo: «Ayer, Diego, cumplió seis meses», le escribió en un primer renglón seco. «Tiene la cara redondita de su madre. Y los ojos, verdes», concluyó.