jueves, 13 de febrero de 2014

Mañana: puchero




Tenía la costumbre de aprovechar aquellos ratitos para ir repasando mentalmente sus principales tareas del día siguiente. Por supuesto, la posibilidad de que esta noche ocurriera algo diferente a lo habitual era tan peregrina que la idea se diluyó antes, incluso, de tomar forma, y su pensamiento, tan sumiso como ella, se puso inmediatamente a lo suyo. Empezó por la lista de la compra: necesitaba apaño para el cocido; una botella de tinto, del barato; yogures, desnatados para ellos y de sabores para la niña; unos filetes de ternera, la última vez salió algo dura, parecía suela de zapato; una lechuga iceberg; zanahorias de las grandes; unas nueces, miel todavía le quedaba; y unas sevillanas, de siempre le habían vuelto loca esas aceitunas, él prefería las negras pero «¡una mierda, compraré las sevillanas!», se reafirmó, en silencio.  
      Cuando dejara la compra en casa, pasaría por el banco. Quería hacer un ingreso para que le regalaran el juego de cuchillos..., esos de Albacete..., esos que cortan tan bien, esos de la marca..., ¿qué marca era?, es famosa, sí, en fin no le salía y con aquel traqueteo tampoco le resultaba sencillo hacer memoria. Por muy poquito no le llegaba para las cacerolas; y del juego de maletas, ya, ni hablamos. «Huy, que no se me olvide poner la lavadora antes de salir», se dijo, sin mover los labios, claro.
     Mañana no habría piscina. Pediría hora para el pediatra. Sonia se había resfriado un poco y, aunque esta vez no le había dado por los mocos, le subía un ruido por el pecho, una especie de pitido finito, ahogado, que no le hacía ninguna gracia. Seguramente no sería nada pero prefería que la viera el médico. 
     Cuando aquello terminó, se levantó y salió descalza. Fue dando saltitos ya que el día había sido fresco y el suelo la recibió helado. Pasado el medio minuto de rigor escuchó la misma preguntita de siempre: «¿Te ha gustado, cariño?». Ella se aguantó el descojone como pudo y le volvió a mentir con un: «¡Ha estado genial!» mientras movía la mano bajo el chorro del bidé, esperando a ver si al grifo aquel le daba por echar agua caliente de una puta vez.