jueves, 3 de julio de 2014

Semilla negra


Raquel y Andrés se habían decidido por el beige para la habitación; un tono neutro que servía tanto si el bebé nacía niño como si era niña. Nadando a la contra, la pareja se había empecinado en no querer saber el sexo del venidero hasta llegado el día del nacimiento. La duda añadía emoción al embarazo, decían, y el bebito se veía como una maravillosa caja de sorpresas que no debía ser abierta antes de hora.
     Tras unos días de anunciadores síntomas, el jueves, pasada la medianoche, Raquel despertó a su marido segura de que esta vez la cosa iba en serio. Llegaron al hospital con la excitación lógica del momento y tras un par de largas horas en las que las contracciones fueron aumentando en intensidad y frecuencia llegó el momento de entrar en la sala de partos.    
     Apenas pasaban unos minutos de las cuatro de la mañana cuando vino al mundo una criatura de un color café con leche cortito de café, para ser exactosque para nada encajaba con las blancas pieles de la madre y del que todo el mundo suponía que era el padre. La noche, fresca y estrellada, se despertó alarmada por los gritos del burlado al que, con violencia, tuvieron que sacar de la sala ante la posiblididad de que montara un estropicio de los que acaban saliendo publicados. 
     En el pueblo, lo que empezó como un rumor grotesco a eso del mediodía, fue tomando un cariz preocupante de noticia fidedigna a medida que avanzaba la tarde. El runrún corría de boca en boca y, santiguándose unos y llevándose las manos a la cabeza otros, intentaban rebajar el fuego provocado por el notición. 
     Maite, a la que le quedaban cuatro semanas para salir de cuentas, notó cómo un temblor se apoderaba de todo su cuerpo al enterarse de lo ocurrido. Ella, que era íntima de Raquel, se había casado un mes después que su amiga y, al igual que ella, también había gozado de aquel cuerpo sabrosón el día de su despedida de soltera.