jueves, 8 de enero de 2015

El gallito

       
Un día más, y ya era el quinto consecutivo, el gallo Antón, al ver acercarse al granjero, hinchó el pecho, estiró el cuello todo lo que pudo, puso las alas en jarras y, cuando lo tuvo delante, le cantó lo sucio que estaba el gallinero. El viejo, harto de las continuas protestas, lo trincó del pescuezo, cruzó la finca a grandes zancadas, entró en la casa, y se dirigió a la cocina. De uno de los cajones, sacó el hacha y se la puso a un palmo del pico, para que viera cómo relucía el acero; lo paseó por delante del juego de cuchillos, todos ordenaditos y brillantes; y le mostró una enorme cacerola de metal, cuyo fondo bruñido reflejaba la imagen de aquel gallito que no paraba de aletear y lanzar patadas al aire. Algo más sereno ya, el granjero acercó sus ojos de toro bravo a los ojillos desorbitados del gallo, arqueó la ceja izquierda, y le dio a elegir entre la suciedad del gallinero o la pulcritud de la cocina. 
     A partir de aquel día, cada vez que el viejo se acerca, Antón se limita a saludarlo con un gesto de ala, desde el palo más alto del gallinero, claro.