jueves, 19 de junio de 2014

El político


 
El hombre del traje caro y olor perfumado caminó con paso firme hasta colocarse justo delante de mí y empezó a tirar del hilo; así, literalmente. Y lo hizo a la vez que me hablaba: empleando las palabras más oportunas; acaparando con sus ojos vivarachos toda mi atención; midiendo bien cada uno de sus movimientos; atento, siempre, a mi posible reacción. Anulado por su discurso perfectamente estructurado, y embelesado por la magia que desprendía aquella especie de ilusionista impecablemente vestido, yo, me dejaba hacer.   
     Con total seguridad, mi expresión estúpida debió envalentonarlo aun más y con el tono triunfal del que se siente superior y ayudándose de los típicos gestos ensayados de cualquier charlatán profesional, me expuso, uno a uno, los puntos clave de su gran proyecto. No sé si fue en el momento álgido de su verborrea o tal vez mientras me insistía en que él era la mejor opción, cuando noté que me estiraba los brazos hasta abrírmelos en cruz. Yo, todavía extasiado, reaccioné alzando la vista al cielo, esperando recibir, desde ese mismo momento, alguna de las promesas que brotaban de su boca.
     Acabada la soflama, el hombre del traje caro y olor perfumado sostenía entre sus manos una madeja de lana verde. Y yo, empecé a temblar de frío al haber perdido, sin darme cuenta, mi jersey color esperanza.