jueves, 30 de octubre de 2014

Nos queremos



     Se quitó las gafas, cerró el libro y apagó la luz de la mesita. Ni la lectura, su gran pasión, podía abstraerla de ese pensamiento terco que se empeñaba en volver a ella una y otra vez. A su lado, Joaquín, su marido, dormía como un niño, ajeno a sus preocupaciones. 
La noche, larga y oscura, no se diferenciaba demasiado de tantas otras ya pasadas, si bien, la inminencia del reencuentro le otorgaba un plus de nerviosismo que hacía aumentar las posibilidades de pasarla en vela. Su mente, acostumbrada a la vigilia, repasó una vez más el resultado de aquel rompecabezas, de aquel razonamiento que había ido tomando cuerpo a base de intuición, de estar atenta, de conocer bien a su hijo. La pieza que completaba el puzle, la que seguramente confirmaba su sospecha, se la había proporcionado Héctor un par de semanas atrás. La condición innegociable que impuso a su madre, admitía pocas dudas.
─Que quede bien claro mamá. A la una y media en Los Fogones. Tú sola ─subrayó esta obligación alargando exageradamente las tres vocales─. Si te veo con él, no entro.
La primera luz de la mañana descubrió a Gloria ya vestida y aferrada a una taza de té que había dejado de humear hacía rato. Tomó la infusión despacio. Muy despacio. Y fría. Se encendió un cigarrillo y fijó la vista en la foto de su único hijo que, tras más de año y medio alejado de la familia, volvía a la ciudad; aunque su vuelta era, solo, por unas horas. Solo, porque ella se lo había suplicado. Solo, para dejar las cosas claras.
En la habitación sonó el despertador. Una visita a Zaragoza obligaba a Joaquín, el coronel, a madrugar más de la cuenta. Como siempre, nada de equipaje. Se iba con lo puesto: un uniforme impecable y la seguridad del que se siente invencible. Gloria dejó de pensar en su hijo durante un momento para pensar en él, en su rectitud. Aunque el pensamiento le duró un segundo.
─Nunca lo sabrá ─dijo en un susurro, como si se contara un secreto─. Si estoy en lo cierto, no se enterará jamás.
La mañana trascurrió cambiante. Empezó clara aunque con una lluvia fina, casi imperceptible, que cesó enseguida dando paso a un cielo abierto y azulón que no hacía presagiar la fuerte tromba que cayó más tarde. Luego, volvió a lucir un sol destemplado. A Gloria, la hora de salir la pilló en pleno desconcierto emocional y climático así que, dejándose llevar por lo irracional del tiempo, salió a la calle con gafas de sol, y paraguas.
El trayecto, corto en distancia, se le hizo interminable y por un momento, solo por un momento, sintió el impulso de abandonar. Pero no lo hizo.
Bajó del coche con torpeza y pisó la calle como si pisara la Luna. Recorrió los escasos cincuenta metros que la separaban del restaurante intentando controlar los acelerados golpes de su corazón, aunque se sentó a la mesa sin haberlo conseguido. Diez minutos después, entró Héctor. No iba solo.
─Hola mamá. Te presento a Marco.
En la calle se escuchó un frenazo, pero no hubo golpe.