jueves, 20 de noviembre de 2014

Danger



     El sol había salido tras dos días de lluvia, en la empresa ya me veían como el nuevo coordinador, y mi abogado, por fin, había alcanzado un buen acuerdo con mi ex. Por todo ello y por lo bien que me sentaba el abrigo que estrenaba aquella tarde, salí a ver el piso en alquiler igual que los niños acuden a la cabalgata.     
Recorrí a pie la distancia que separa la casa de mis padres del centro de la ciudad, y lo hice con calma, disfrutando de esos primeros días de diciembre en los que la ciudad ya luce de fiesta, y los escaparates reclaman toda nuestra atención. No busqué el camino más corto; sobrado de tiempo, me dejé llevar entre aquellos ríos de gentes que iban y venían. Paseé entre ellos como uno más: con las manos en los bolsillos y tarareando, a mi manera, un par de villancicos.
A las cinco en punto, llegué al número 15 de la calle Sanahuja. Allí, con el cuerpo encorvado y ajustándome las gafas frente a los timbres, llamé al cuarto izquierda, donde, en teoría, me esperaba Maruja, la dueña del piso a quien por la mañana repetí un millón de veces que nunca me retrasaría en el pago, y que no tenía perro. Ya en el zaguán, aproveché lo que tardó en llegar el ascensor para marcarme un bailecito a lo Michael Jackson. No dudaba en que conseguiría una rebaja y firmaría el contrato esa misma tarde.
Me equivoqué: no fue Maruja sino su hija quien me recibió con una sonrisa de anuncio y un tipazo de modelo. Me acerqué a ella intentando recordar si me había puesto la colonia cara y alargué la mano que me estrechó con firmeza.
¡Hola, soy Inés! se presentó. «Es el nombre más bonito que he escuchado jamás», pensé mientras me quitaba el abrigo. En el recibidor la temperatura era agradable y en el ambiente flotaba una ligera fragancia a lavanda que me recordó a la Provenza francesa. Reconozco que la primera impresión fue insuperable; y que el pisito, también prometía.
Inés me propuso empezar por la estancia principal. Señaló hacia la izquierda y entró en el salón; yo seguí su estela casi sin tocar el suelo. Encendió todas las luces y, como si repasara la lección, empezó a decir:
El color oscuro de los muebles contrasta perfectamente con el tono melocotón de las paredes; los focos son de led, con el ahorro que ello supone; el ventanal, al ser tan grande, aporta mucha claridad; la rinconera, recién tapizada en burdeos, dota de personalidad a la decoración Ines, a la vez que hablaba, se movía con la gracia de una bailarina de ballet, y yo la miraba en silencio, calculándole una estatura similar a la mía, deleitándome con su corte de pelo a lo chico, mirando con disimulo aquellos labios a los que atribuí, no sé por qué, un sabor cítrico, y la televisión es de cuarenta pulgadas concluyó. «Justo el doble de los años que te echo», pensé.
De repente, se escuchó un portazo o un cañonazo, no sé. Era Maruja. «¡Joder!, la dichosa propietaria», grité para mis adentros.
¡Hola mamá!, voceó la diosa. Y la madre de la diosa, allí que se presentó, dispuesta a disculparse conmigo por haber tenido que salir un momento a la farmacia, y apremiando a su hija para que se fuera enseguida a ver si todavía llegaba a la clase de las seis. Yo, confundido, levanté un poco la mano como para evitar lo inevitable y abrí la boca para decir mil cosas que al final no dije; simplemente permanecí quieto viendo cómo un ciclón pasaba por delante de mí y se llevaba a la embajadora del Olimpo y me dejaba a su madre. Así fue por culpa de un ciclón devastador o así me lo pareció a mí.
Con la vista clavada en el suelo y la sensación de haber quedado viudo en pleno banquete de boda, Maruja me condujo a un mundo que durante toda la vida había permanecido oculto a mis ojos: la cocina. Reconozco, con cierta vergüenza que cuando puse los pies en esa parte de la casa, todos mis sentidos se pusieron tan alerta que estuve a punto de explotar por sobretensión eso lo sé porque las orejas me empezaron a arder. Aquellos diez metros cuadrados guardaban tantos misterios para mí como la selva amazónica, el Kilimanjaro y el desierto de Gobi juntos.
Cuando aquella mujer empezó a explicarme el funcionamiento de la vitrocerámica, mi cuerpo, siguiendo un extraño instinto de supervivencia, reculó hasta pegarse a la pared. Y allí, rígido y adherido a los azulejos, amplié mi vocabulario con una palabra nueva: pi-ro-lí-ti-co. No me lo podía creer. Fue escuchar que el horno era pirolítico y mi mente verse asaltada por la imagen de semejante artilugio explotando como un masclet. De la campana extractora no puedo contar nada, creo que sufrí algo parecido a una parálisis cerebral justo al encenderla. Pero, cuando Maruja abrió el frigorífico para mostrarme su gran capacidad y perfecto acabado, pude ver dos latas de San Miguel que, sin duda, me elevaron al cielo, aunque con cara de tonto me bajé de la nube en cuanto resaltó, orgullosa, que aquel electrodoméstico tenía una calificación energética triple A. «Como la gripe», pensé, aunque me callé la ocurrencia.
Como si se recreara en mi sufrimiento, Maruja siguió hablando de sus cacharros. Me comentó que al lavavajillas, que yo había confundido con la lavadora, tenía que añadirle sal cuando me lo pidiera, con lo cual, y para compensar, ya me veía yo echándole Fairy a las patatas fritas. Y cuando sacó la plancha y la puso ante mí, crucé los dedos delante de ella como si estuviera ahuyentando al maligno. Maruja no dijo nada, se limitó a mirarme con un ojo más abierto que el otro, supongo que intentando calcular hasta dónde llegaba mi gilipollez.
No podía más. La cabeza estaba a punto de estallarme y el estómago parecía dispuesto a salirse por la boca así que, sin acabar de ver el resto, firmé el contrato, pagué la primera mensualidad más dos de fianza sin regatear ni un euro, y acompañé a Maruja hasta la puerta. Eso sí, nada más quedarme solo, lo primero que hice fue sacar la nevera al recibidor.