jueves, 12 de febrero de 2015

Allí, en el pueblo



                 
        
Era la primera semana de enero y en la cocina hacía frío, así que, nada más acabar el desayuno, salí corriendo y me metí en el cuarto de la estufa, que es como llamábamos a la pequeña sala de estar donde, además de la vieja estufa de leña, había un televisor de no sé qué marca, un sofá de piel cuarteada, la mesa camilla con sus faldas de ganchillo, cuatro sillas de enea con los palos repintados y, en una balda esquinera, un despertador de los de antes, de esos de metal: redondo y grande, con las campanas sobresaliendo como chichones y un sonido machacón, tic-tac, tic-tac, tic-tac, marcando, sin descanso, el imparable paso del tiempo.
     Cuando entré, la puerta gruñó y mi yayo, que estaba sentado a la mesa, abrió los ojos, me sonrió y, con un movimiento de cabeza, me señaló la silla más próxima a la estufa. Seguramente me preguntó si había dormido bien, y yo le debí de contestar que sí, y volvió a cerrar los ojos; de eso estoy seguro, porque el recuerdo que tengo de mi abuelo aquella mañana es así, en continua duermevela. Y también me acuerdo de aquel chiquillo que era yo por entonces, con nueve años recién cumplidos. Me veo allí, sentado en la silla, mirando, o mejor dicho, observando a mi yayo como nunca antes lo había hecho. Fijándome en su cara: arrodalada de manchas oscuras, y atravesada por surcos irregulares, como un campo abandonado. Tan viejo me pareció, que fue justo en ese momento cuando tomé conciencia de que las personas también mueren. No solo los perros y los canarios, también los hombres. Y mi abuelo acabaría muriendo, lo vi claro. Moriría de viejo, cualquier día, allí mismo, en el cuarto de la estufa. Y ese pensamiento me provocó angustia, esa angustia enorme que dificulta la respiración y nubla la vista. Pero yo no quería llorar, así que abrí los ojos todo lo que pude porque si los abres mucho y parpadeas muy deprisa, las lágrimas se secan antes de asomar. Me lo había contado Fran, que lo había descubierto cuando se separaron sus padres. Y eso hice. Me convertí en el niño con los ojos más grandes del mundo, pero aun así, el lloro seguía amenazando con desbordarse. Como último recurso, eché la cabeza hacia atrás y, sin dejar de parpadear, seguí una grieta que cruzaba el techo de lado a lado, y luego otra más pequeña que nacía en el hueco por el que asomaba el cable de la bombilla y que acababa muriendo, como si de un afluente se tratara, en la otra mayor. Luego boqueé un poco y me detuve en las fotografías que colgaban de las paredes. Eran fotos familiares. Todas en blando y negro: mi tío Paco cuando hacía la mili, mis abuelos mondando rosas de azafrán, mi madre vestida de novia, la tía Aurora, a la que no llegué a conocer. También había una foto en color, una mía, sentado junto al yayo, mirándonos como si compartiéramos un secreto. Luego bajé la vista al suelo, recuerdo que era de baldosas pequeñas y pigmentadas, algunas muy desgastadas; baldosas hidráulicas, creo que se llaman, de esas que se van casando unas con otras y acaban formando un mosaico de figuras geométricas. Entonces no me gustaba nada, pero ahora lo recuerdo con el encanto de las cosas antiguas.
     Aún en plena lucha con el llanto, me sobresaltó el chirrido de la puerta. Era la abuela que traía leña. Mi yayo, alertado por el ruido, volvió a abrir los ojos y aguantó sin rechistar el reproche de su mujer. «Ya te podrías encargar tú», o algo así le dijo y, tras encender la tele, para que yo me entretuviera, y dar calda a la estufa, abandonó apresurada el cuarto. Mi yayo, que había estado siguiéndola con la vista, no tardó ni diez segundos en arrellanarse de nuevo en esa línea que separa el sueño de la vigilia. Y así permaneció: inmóvil, durante un buen rato, hasta la hora de la despedida.
     ─Bueno, ¿entonces, para cuándo? preguntó la abuela.    
     Volveremos para las vacaciones de Semana Santacontestó mi madre, mientras metía la bolsa de los juguetes en el maletero.
     Mi abuelo no dijo nada, me pareció ver que le temblaba un poquito el labio, como si quisiera arrancarse, pero permaneció callado.
     En el viaje de vuelta a casa, al poco de pasar por el pantano de Contreras, me quedé dormido y tuve un sueño. Soñé que el despertador de mi yayo: tic-tac, tic-tac, tic-tac, un día de nubes negras, tic-tac, tic-tac, tic-tac, de repente, tic-tac, tic-tac, tic-tac, dejó de latir, tic-tac, tic-tac, tic.
     Me desperté alterado y le pregunté a mi madre cuánto faltaba para Semana Santa.
    Aún queda mucho  contestó ella.
     Mucho va a ser demasiado, pensé yo.